Cuando el amor se enfría por causa de la fe

Palabra dura es esta

“Es que el índice de muertes es ínfimo en comparación a una gripa normal”. Aunque pueda ser cierta, expresar este tipo de conclusiones para argumentar políticas de muerte corresponde a personas que no valoran la vida, no les importa el sufrimiento humano y en realidad no comprenden que una, aunque sea una vida humana, es valiosa y hay que luchar por preservarla.

Muchos de quienes esbozan estos argumentos, se autodenominan “pro vida” y lamentablemente, pertenecen a grupos religiosos cristianos (desde católicos, hasta protestantes y evangélicos). Pero, ¿de dónde han heredado este tipo de creencias y actitudes?

Seguramente de muchas fuentes han bebido, pero una de las más importantes, es sin duda alguna el dogma. Ese que dice que hay salvación después de la muerte, allá en el cielo de calles de oro y mar de cristal; entonces, como en el más allá hay toda una vida eterna para disfrutar, la de aquí y ahora pierde valor, pues se sobrepone “la vida espiritual” y entonces es más grave matar el espíritu que matar el cuerpo.

Aquí uno propondría una lógica que desde una primera lectura podría acusarse de falsa disyuntiva, si no fuera por la diferencia angular en la naturaleza de los argumentos que sostienen la posibilidad de la existencia trascendente o no.

Quiero decir con esto que, mientras la vida aquí y ahora es probable desde la ciencia empírica, la del más allá es improbable y sólo se puede acceder a ella desde la fe. No quiero dar a esta declaración un juicio de valor de bueno o malo, con el fin de tratar de mitigar un efecto reaccionario por lo sensible que pueda resultar.

En ese sentido, aquellos que defienden la vida improbable, lo hacen por encima de la vida probable cada vez que insinúan la posibilidad de “sacrificar vidas” en pos de un, entre comillas, bien mayor, como por ejemplo volver a la cotidianidad o rescatar la economía. Pero no tienen en cuenta que la muerte de esta vida, la probable, no tiene remedio, y la vida improbable, no es seguro que exista.

Nadie volverá de la muerte, no desde la probabilidad de la vida inmanente. Lo demás no se ha comprobado, es una posibilidad que pueda que ocurra, como pueda que no. Quienes están seguros de ello, lo hacen desde la creencia. Y como decía anteriormente, no está bien o mal. De hecho, la misma Biblia dice que a Dios se le acerca, justamente desde la fe, no desde la prueba (Hebreos 11:6).

La Biblia promete que quienes creen en el Cristo no morirán, sino que tendrán vida eterna. Una palabra que obviamente no es literal, sino figurada, porque hasta la fecha, millones de seres humanos han muerto de la vida natural. Pero tal promesa no se puede probar, simplemente creer en ella desde la fe. Una, que así se quiera negar, se viste de platonismo desde la filosofía helénica. Lo que nos lleva a pensar seriamente que, existe tanto la posibilidad que tal vida trascendente exista, como que no.

Para quienes defienden tal posibilidad parados en el cristianismo, lo hacen desde la también creencia que la Biblia no miente y es, tanto inerrante, como inefable. Tal dogma se ha construido por años usando el pensamiento circular. La Biblia es verdad porque la Biblia lo dice y como la biblia lo dice, entonces es verdad.

No es mi intención desvirtuar la posibilidad de la vida después de la muerte, sino dejar en evidencia que esa vida, desde la fe existe, pero desde la probabilidad no; y entonces llamar la atención sobre nuestra actitud, pues hemos estado valorando más la vida improbable, sobre la probable, con lo cual estamos haciendo un daño irreparable, pues la muerte, en la vida probable, insisto, no tiene remedio.

Y semánticamente espero que no se me malentienda cuando violentamente uso los términos vida probable y vida improbable. La primera, como ya lo he explicado anteriormente, como la posibilidad de ser probada desde la ciencia emprírica y la segunda no, dejando esta última únicamente como competencia y posibilidad a la fe, también improbable.

Entonces este llamado es a valorar la vida en el más acá y entender que, si no llegase a existir una en el más allá, esta es toda la que tenemos, y que la estamos valorando tan poco, que no nos importa que unos cuantos mueran, porque en todo caso, no son tantos como ocurre con una gripa normal. Esto es profundamente macabro y criminal. Lo más doloroso es que ese desapego a la vida (del otro, por supuesto, porque si fuera la propia o la de un ser querido, tendría toda nuestra atención y preocupación), se ha construido desde la fe cristiana. Lamentable.

Ahora, si hay vida en el más allá, es una gran noticia. Yo espero que así sea. Pero que esa posibilidad no nos enfríe el amor, como lo advirtió el libro de Apocalipsis, que no nos haga perder de vista que esta, la vida probable debe ser defendida, aún si quien la ostenta, no le sirve al sistema productivo económico actual, aún si es considerado como una carga social, o aún si tiene limitaciones económicas, dejándolo como consecuencia en un estado de pobreza.

Hasta este punto sólo me he referido a la letalidad del Covid-19, aún no al dolor que muchos han experimentado a causa de esta enfermedad, algunos de los cuales se han recuperado, otros no. Entonces, si somos tan insensibles a la posibilidad de la pérdida de la vida, cuánto más al sufrimiento del otro. Una absoluta desgracia.

Que la fe no nos quite la empatía, e insisto, que no nos enfríe el amor.

Por: David A Gaitán
Twitter / @dabycito
Facebbok / @DavidGaitanR

 

 

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