Hollman Morris, ¿Lealtades en Conflicto?

Opinión | “Una injusticia en cualquier lugar es injusticia en todo lugar”, dicen que dijo un sabio para ilustrar el alcance universal de las luchas sociales a favor de la justicia y la equidad. Es por eso que resulta imperativa la solidaridad a lo largo y ancho de todo el espectro de los diversos frentes de movilización. Quienes defienden un páramo en lo alto de la cordillera se hermanan con quienes, a 1000 km. de distancia forman un comité vecinal para enfrentarse a una multinacional que busca apoderarse de los servicios de acueducto, quienes a su vez no permanecen impasibles y se emocionan con la marea de pañuelos verdes de las mujeres de un país lejano cuya lucha por hacer valer sus derechos reproductivos la sienten como propia, mujeres que se apropian de una etiqueta al estilo #metoo, así se exprese en otro idioma, por cuanto ese respeto es también el de ellas, proponentes de etiquetas que llevan generaciones respaldando la resistencia de un pueblo sin Estado que sigue perdiendo tierra a manos de la colonización ampliamente condenada de otro Estado de reciente creación ahora empeñado en hacer desaparecer a ese pueblo aborigen… y así se teje una cadena de solidaridades que bien puede darle la vuelta al globo terráqueo más de una vez.

La cadena, sin embargo, entraña su debilidad. Eso sale a flote cuando se produce un choque entre uno o más eslabones que ponen en entredicho la interseccionalidad ineludible en toda lucha a favor de la equidad, la dignidad y el respeto. En la mayoría de los casos, esos choques han sido fecundos por cuanto han precipitado los desmontes y las depuraciones que se vuelven obligatorios para todos los agentes de esas movilizaciones. A estas alturas, los desmontes se han ido decantando hacia el terreno del patriarcalismo, que, gracias a las autocríticas impulsadas por la interseccionalidad de nuestras luchas, ha sido desenmascarado como omnipresente. Sus raíces penetran hasta lo más profundo de los engranajes identitarios de personas, colectivos y comunidades al punto que se extienden a través de ideologías, persuasiones políticas, género, orientaciones sexuales, cosmovisiones, confesiones de fe, carencias de creencias, clases sociales, especificidades culturales, particularidades étnicas, niveles académicos, etc. El punto débil de la cadena de solidaridades, esto es, el enlace entre eslabón y eslabón, entre frente de lucha y frente de lucha, ha sido también su fortaleza. De esos choques hemos aprendido no solamente una ética de la solidaridad, sino también una dinámica de conversión permanente, de transformaciones profundas a medida que nuestras tomas de postura exigen revalidaciones éticas en procura de una creciente coherencia. Se trata, más o menos, de la construcción del nuevo hombre (sic) con el que soñó el socialismo de tiempo atrás.

Con todo, la interseccionalidad se puede utilizar para otros fines, para propósitos más cercanos a la erosión de las diversas propuestas de lucha. Este es el temor que aún nos asalta cuando traemos a cuento el reciente escándalo en el que se vio involucrado Hollman Morris. Su ex esposa lo acusó formalmente ante la ley de violencia doméstica y desatención de sus responsabilidades como padre. La primera reacción del público en general fue la de sentirse en la necesidad de tomar posturas frente a dos luchas sociales que gozan de aceptación general: la que Morris encarna como vocero caracterizado del progresismo, y por lo que se ha granjeado el respeto de seguidores y antagonistas, y la de una mujer victimizada que había sido abandonada con sus hijos a su suerte.

A medida que el proceso legal seguía su curso se empezaron a conocer detalles que fueron matizando la monocromía inicial del escándalo. En primer lugar, el tiempo en el que estalló el asunto. La demanda contra Morris ocurre justo cuando su nombre empieza a cobrar fuerza como precandidato a la alcaldía de Bogotá. La propuesta de Morris lleva las marcas de una administración pública progresista; una que puede poner a Bogotá en el mapa de las ciudades acogedoras para la gente del común, respetuosa del medio ambiente, cuidadosa en la administración de los recursos públicos. La demanda en su contra, sin embargo, le puso freno a esa campaña. En segundo lugar, la asesoría legal de la demandante. El abogado de la ex esposa de Morris, Abelardo de la Espriella, se ha dado a conocer por defender a los más finos exponentes del crimen organizado y por ser un vocero de las expresiones más altaneras de las versiones más extremistas del ala derecha del espectro político. No dejó de ser extraño que una persona, la ex esposa de Morris, conectada al Progresismo resultara buscando los servicios de un abogado con credenciales oscuras. En tercer lugar, el fallo del juez. En el dictamen la demandante vio reducida su compensación. No solamente se desestimó la cuantía mensual que ella exigía por parte de su ex esposo, sino que, además, el juez dictaminó que en lo sucesivo el demandado debía seguir aportando una cantidad menor a la que venía aportando hasta el momento de la demanda. En cuarto lugar, circularon rumores posteriormente desestimados en el sentido de que la demandante podría ser candidata por el Centro Democrático, partido de extrema derecha y acérrimo enemigo del demandado, al Concejo de Bogotá.

¿Lealtades en conflicto? No prosperaron los comentarios de dos periodistas quienes, durante los días de la demanda contra Morris, aseguraron haber sido víctimas de acoso por parte del concejal del Progresismo. Sin embargo, sí prosperó el esfuerzo por escindir lealtades. Muy pronto, el demandado dejó de ser Hollman Morris el individuo, para mutar en el Progresismo. Toda una apuesta política democrática apalancada en perspectivas creíbles y factibles de administración pública justa se vio enfrentada a la lucha contra el patriarcalismo. #metoo vs. justicia social.

Ahora que se ha asentado un poco la polvareda el balance no es promisorio. La agenda del Progresismo salió seriamente lesionada. Sin embargo, la lucha contra el patriarcalismo y por los derechos de la mujer no salió fortalecida a raíz de lo sucedido.

¿Qué fue, entonces, lo que vimos? ¿Lealtades en conflicto? Muy difícilmente se podría responder afirmativamente. A lo que asistimos fue a un ataque demoledor contra el Progresismo. La lucha de la mujer fue instrumentalizada para debilitar a los sectores alternativos. El golpe se siente, no solamente en las tiendas del Progresismo sino también, y así deberían reconocerlo, en todos los frentes de las luchas sociales, mayormente en el de los derechos de la mujer.

“Una injusticia en cualquier lugar es injusticia en todo lugar.” El aparato dominante golpeó. Que al menos se reconozca que la injusticia contra Morris lo fue también contra la mujer.

 

Por: Alvin Góngora
Twitter / @alvingongora

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