Santos Accidentales de Nadia Bolz-Weber, porque la gracia no está donde pensábamos | Reseña

Estoy perdiendo nivel. Cada vez que escribo una reseña, caigo más bajo. Al comienzo me centraba en el libro a presentar, luego, muchas más veces, a hablar del autor, y en las últimas oportunidades, de mí. El buzón de sugerencias de este espacio está cada vez más lleno de reclamos llenos de decepción porque de cierto tiempo para acá me refiero a todo, menos a la obra objeto de estos, mis comentarios.

Ustedes sabrán perdonar, pero yo me he cuestionado seriamente sobre si en realidad es importante tratar de acertar sobre qué quiso decir el autor o autora del texto, o más bien cómo este es entendido desde las pluralidades del lector. Por eso, y no como un rasgo egoísta, sino más bien realista, termino en mí. ¡Qué embarrada! Como coloquialmente podría lamentarme de mi suerte, mi poca creatividad de escritor y el tiempo que ustedes están invirtiendo en este intento de entrada de blog.

¿Pero qué más puedo hacer? La pluma de Nadia me dibujó nada más y nada menos que un espejo en el que me vi reflejado. Lloré, reí y caí en cuenta de un montón de cosas lindas que ocurren delante de mí y que son el reino de los cielos, pero que sencillamente dejaba pasar por alto porque no entendía que la vida suele ser mucho más sencilla de lo que solemos percibir de ella. Por eso, en esta oportunidad hablaré de mí y lo haré porque en Santos Accidentales, la autora habla de ella.

Así que para poder abordar mi paupérrimo intento de escribir sobre Nadia, a quien tuve en mis brazos a través de sus letras, debía pedir ayuda. ¿Quién más que su traductor al español, don Alvin Góngora? La cita accidentada, como todo lo que narra Bolz-Weber en su obra, ocurrió en una cafetería por debajo del promedio en la ciudad de Bogotá. Ahí Góngora con su usual buzo café de lana y su sonrisa a medio definir, esbozó una de las frases más bellas y reflexivas que le he escuchado en años, mientras me entregaba la copia que me pertenecía y que yo no había podido reclamar anteriormente, aunque había estado en su poder hacía varias semanas atrás. “¿Cómo hace uno pa’ decir las cosas tan bonito?”.

Para quienes no conocen a Alvin y su genialidad literaria, esta frase pasaría sin pena ni gloria, pero no para mí. Este señor ha sido de lo más inspirador en mi carrera periodística y de observación teológica. En serio. Y escuchar decir a un maestro de las letras y las lenguas semejante cumplido, me prendía las alarmas más recónditas del alma, pues, a ver, si a este curioso por la literatura le despertó algún sentimiento bello las lineas de la pastora luterana, ¿Qué sería de mí, simple neófito de la literatura?

Así regresé a la cotidianidad de mi monotonía, pero con un libro nuevo debajo del brazo y las expectativas sobre las nubes. Otros días más pasaron antes que pudiera abrir las páginas amarillas del ejemplar en mis manos, pero cuando lo hice, fue definitivo, inspirador, claro, pero sobre todo, emocional, muy emocional.

Nadia es vulgar, usa malas palabras, groserías. Es irreverente en su lenguaje, pero eso la hace muy divertida en Santos Accidentales. Yo no sé si a ustedes les pasa que conocen a una persona que en cada frase de diez palabras, ocho son groserías. Pero su vulgaridad es de una gracia inexplicable. Son de esos que el simple hecho de pronunciarlas generan una carcajada en quienes les escuchamos. Así es la autora.

La primera grosería que leí en este libro me recordó la famosa anécdota del psicólogo y predicador estadounidense Tony Campolo. En aquel momento, el orador frente a su audiencia estaba exponiendo lo inmoral del hambre y las necesidades sociales en el mundo. Al percatarse que su mensaje no tenía impacto en medio de su pulcra audiencia, sin ningún tipo de filtro, pronunció vehementemente la palabra ‘mierda’. De inmediato, un silencio aterrador se adueñó de la sala. El expositor aprovechó el momento para subrayar que nuestra doble moral nos alcanza para escandalizarnos de una vulgaridad, pero no de lo verdaderamente indignante, como lo es el hambre.

Yo iba avanzando por las páginas de esta obra y reía en voz alta. Quienes estaban a mi lado se contagiaban de la alegría, yo no podía evitarlo. A las pocas líneas más, me encontré tratando de contener alguna que otra lágrima. Es mi culpa, soy un sentimental sin remedio.

Porque insisto, Bolz-Weber habla de ella y de lo que le ha pasado siendo ministra, autocalificándose como incompetente y estúpida para ese trabajo. Habla escuetamente de sus errores y expone sus vergüenzas, sin ningún recelo. El libro es ella, no Santos Accidentales. Y entonces me vi reflejado allí, conservando las proporciones, ¡Ni más faltaba! No hay lugar a comparaciones con su genialidad.

Hace un par de días atrás recibí una honesta recomendación por parte de un amigo, quien desde la sinceridad y preocupación de su corazón, me aconsejaba quitarme de sopetón el título de pastor, ya que desde su perspectiva no encontraba nada de tal noble oficio en mí. Lo hacía desde la ignorancia, no sabiendo que llevo varios meses en ese intento. Yo prefiero el título de facilitador, o de compañero de camino de fe, no de pastor.

Y en ese intento, en La Casa del Árbol del Amendro Bogotá, comunidad que tengo el honor de moderar, de mil maneras busco herramientas para dar a entender que no hay jerarquías para Dios, que todos somos iguales de pecadores, que no soy perfecto, sino todo lo contrario; es más, quienes pertenecen a la comunidad conmigo, conocen algunos de mis pecados y debilidades, algunas verdaderamente vergonzosas. No sé cómo se mantienen a mi lado caminando, pero allí están, somos humanos, hermanos, somos amigos, familia.

Sin embargo, el nivel de camaradería de Nadia en esta obra puede resultar honestamente abrumadora. Ella se destapa y confiesa cosas que ni yo he sido capaz hasta ahora. Ojalá algún día lo sea. Sus más profundos errores y desfachateces son narrados con tal naturalidad que se convierten en una invitación a entendernos desde ese misterio que llamamos Gracia, pero del que muy poca idea tenemos de su naturaleza.

Debo reconocer que hasta este punto ya estoy bastante pesado. La portada de esta obra consigna la siguiente frase, la cual ha sido causa de numerosas críticas desde el mundo académico-teológico: “La autora que propone una nueva comprensión de la Gracia“. Yo entiendo las críticas después de habérmelas leído todas antes de iniciar la lectura del libro, y por supuesto, la redacción de esta reseña. Nadia no propone nada que no se haya dicho ya desde hace por lo menos dos siglos. Pero sí resalto algo, lo dice bonito. Muy bonito.

Ojalá algún día la academia le aprenda a la poesía, la narrativa o a la música y baje a nuestro nivel de comprensión los profundos y necesarios misterios con los que se codea en su acontecer diario, en vez de alejarlos cada vez más de nos, los iletrados que necesitamos a quien nos explique al que explica tales joyas del conocimiento.

Porque yo no sé si Bolz-Weber sea teóloga, seguramente sí, de lo contrario no estaría muy seguro de su ordenación dentro de la comunidad Luterana; pero de lo que sí puedo dar fe, es que ella es pastora y este libro está lleno de la vida que su ejercicio eclesiástico le ha dado. Tampoco estoy muy convencido que tanto ella como la casa editorial promuevan esta obra como una tesis teológica, no lo encontré explícitamente en ningún lado, dudo que ella se haya propuesto hacerlo.

Más bien veo cagadas, malos pensamientos, arrebatos egoístas, errores de procedimiento eclesiásticos, faltas de empatía, pecados desprevenidos y también premeditados, entre muchas otras cosas que han pintado de colores las ideas que la autora nos comparte a lo largo y ancho de toda la obra. Santos Accidentales cuenta historias, esas que nos invitan a ver que los verdaderos santos no son los que cuelgan enmarcados en las paredes de las iglesias o las casas más devotas, sino aquellos que no merecen serlo y que terminan por errores y casualidades de la vida convirtiéndose en verdaderos enviados de Dios a la tierra.

Por eso, este libro no es para teólogos o para ministros, quienes también podrían leerlo. Principalmente, es un texto orientado a cualquiera que necesite de la Gracia, para aquellos igual o más incompetentes que la autora para la vida misma, para el intento de vivir desde la santidad, desde la piedad. Porque Nadia propone una comprensión bastante interesante sobre lo que esto significa en un mundo tan convulsionado como el del Siglo XXI.

Así, la Gracia en lineas de Bolz-Weber es un don, inmerecido (¿ven? Nada que no se haya dicho antes), pero el interrogante reflexivo que pone sobre la mesa su traductor es, ¿Y ahora qué hacemos con ese don? Porque bien podríamos rechazarlo, de lo contrario recibirlo puede convertirse hasta en un problema. El asunto es que nos atropella, nos dignifica, nos santifica y entonces nos humaniza haciéndonos libres. Todas estas palabras juntas podrían interpretarse como un sanconcho de oximorones, pero la vida misma es así, un sinfín de paradojas.

 

Por: David A Gaitán
Titter / @dabycito
Facebook  / @DavidGaitanR

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Un comentario en “Santos Accidentales de Nadia Bolz-Weber, porque la gracia no está donde pensábamos | Reseña

  1. Reblogueó esto en Cristianos LGTBIQ Argentinay comentado:
    “La primera grosería que leí en este libro me recordó la famosa anécdota del psicólogo y predicador estadounidense Tony Campolo. En aquel momento, el orador frente a su audiencia estaba exponiendo lo inmoral del hambre y las necesidades sociales en el mundo. Al percatarse que su mensaje no tenía impacto en medio de su pulcra audiencia, sin ningún tipo de filtro, pronunció vehementemente la palabra ‘mierda’. De inmediato, un silencio aterrador se adueñó de la sala. El expositor aprovechó el momento para subrayar que nuestra doble moral nos alcanza para escandalizarnos de una vulgaridad, pero no de lo verdaderamente indignante, como lo es el hambre.” Por: David A Gaitán

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