Los colombianos olvidamos con facilidad que la vida es sagrada

Nuestro país cuenta su historia desde la sangre que recorre sus ríos, mares, campos, poblaciones y selvas. Más de sesenta años en una guerra que se niega a desarraigarse de sus tierras, que nace en la pasión que caracteriza a sus nacionales, la cual en muchos casos los impulsa a ser los mejores artistas, escritores, científicos o deportistas; pero que envenena el alma de otros, a punto de llevarlos a matar o ser asesinados por una ideología.

Los muertos colombianos se cuentan por cientos de miles, por millones. Y en este contexto, los vivos no nos hemos percatado de su existencia. Ya estamos tan acostumbrados a ellos, que cuando las noticias reseñan un asesinato más, una víctima que deja hijos en condición de huerfandad, hogares destruidos o el dolor de la pérdida de un ser querido profundo en el alma, miramos hacia otro lado y asumimos que nada ha pasado. La indiferencia de la cotidianidad ha permeado tanto nuestros corazones, que los ha endurecido, enfriando el amor que debería despertar en nosotros como mínimo la empatía y solidaridad con quienes lloran a sus muertos. Ni siquiera las comunidades de fe nos hemos salvado de este fenómeno.

A mí me hizo ‘click’ hace algunos años algo en la mente al respecto. En ese momento por primera vez fui consciente de lo que ocurría a mi alrededor, gracias a un documental sobre la trayectoria del profesor Antanas Mockus. Cuando vi aquel documento audiovisual por primera vez desperté a una realidad inmunda en la que nadaba sin darme cuenta, ignorándola completamente, pero que trajo un vacío y una decepción tan profunda que desde entonces no he podido dejar de ser un activista a favor de la vida.

Mockus es uno de esos tipos pilos que generan amores y odios en diferentes personas. En mi caso, ambos sentimientos. De una admiración profunda y casi ciega avivada por la entonces ola verde, hacia la decepción profunda al inicio de la más reciente contienda electoral, cuando en vez de atacar políticamente a los enemigos de los acuerdos de paz, lo hizo contra el candidato que podría ser una alternativa a esos enemigos, al igual que él y su coalición. En todo caso, la figura del profesor se iba desdibujando al recordar su apoyo al actual alcalde de Bogotá, mientras lo veía bailar el aserejé cuando este último era candidato al lado de los verdes y el expresidente Álvaro Uribe. Una imagen que en su momento me aterrizó nuevamente a la realidad.

Pero de desamores y re ilusiones se trata la vida. Por eso, mi cariño hacia el polémico político comenzó nuevamente a tibiarse cuando en un acto de coherencia ideológica y usando sus relevantes símbolos, nos advirtió “podemos ir en paz”, tomando prestada la frase de la homilía para recordarnos que apoyando al candidato de la Colombia Humana y unidos, podríamos dar un paso más hacia la no violencia, respetando para conservar, inicialmente el acuerdo con las Farc. Esa imagen me devolvió a las toldas mockusianas, me arrancó una sonrisa y una lágrima esperanzadora. Allí estaba el profesor, con todos sus errores, apostándole a una de las dos alternativas, la que representaba el cambio… ¡Grande profesor!

Pero volviendo al documental que me ayudó a entender que la vida es sagrada, todavía recuerdo la escena. El entonces alcalde de ascendencia lituana había promovido una impopular medida que afectaba el horario de rumba en la ciudad. La hora zanahoria, era el nombre con el que había bautizado la nueva política, en la que limitaba la hora en que los establecimientos podían vender licor y consumirlo dentro de sus instalaciones. Antes de esta, los bogotanos lo hacían libremente hasta las cinco de la mañana, con la nueva medida, sólo era posible hasta la una de la madrugada.

Reaccionando a esa medida, un grupo de jóvenes citadinos confrontó al burgomaestre en una de las calles de Bogotá. Con un par de insultos le recriminaban sus ideas retrógradas, a lo que él, vehementemente les respondió, y parafraseo: Si yo con esta medida puedo salvar una vida, una sola vida humana, entonces habré cumplido con mi deber. La vida es sagrada, una sola vida vale más que cualquier fiesta. Y lo logró. Gracias a este acuerdo, las muertes violentas en la ciudad se redujeron considerablemente durante su mandato.

Pero mientras el polémico político salvaba vidas, yo iba aprendiendo la lección. Una que hasta el día de hoy me hace llorar cada vez que un ciudadano colombiano es asesinado en algún lugar de la geografía nacional. La vida es sagrada y debemos defenderla, debemos sufrirla cuando nos la arrebatan, debemos valorarla cada vez más y abanderarla.

Así, algún buen día levanté mi voz de protesta en redes sociales por la vida de varios niños que fueron separados de sus padres en la frontera del país del norte, del cual la religión evangélica en Latinoamérica ha bebido gran parte de sus dogmas de fe actuales. De inmediato recibí una visceral crítica de algún contacto que sin pensarlo mucho fue esgrimiendo sus palabras. “Ustedes los liberales teológicos sí que se regodean intentando tapar el sol con un dedo al denunciar estas cosas, pero guardan silencio cómplice y asesino frente al aborto”.

Vaya palabras y vaya corazón el que las pronuncia. Un análisis prematuro de las mismas no lo dejaría bien parado, uno profundo sería devastador. Pero como mi intención no es caer en su mismo juego al hacer juicio de valor, así como en su momento respondí, lo hago ahora, pues sus ideas teológicas obedecen al pensamiento binario tan característico en medio de comunidades evangélicas.

¿A caso quién está a favor del aborto? ¡Nadie! Ni siquiera los abortistas. La discusión que se está dando en diferentes escenarios no es sobre el aborto, sino sobre la despenalización del mismo, pero al respecto, lamentablemente muchos no entienden la diferencia. Quienes defendemos la vida lo hacemos antes del nacimiento, claro que sí. Pero después del nacimiento también. Somos hipócritas si solamente levantamos nuestra voz cuando de no natos se trata, pero ignoramos los muertos que ya nacieron, hace años.

Porque al aborto hay que combatirlo incluso desde antes de la concepción. Hay que hacerlo antes que el violador perpetre su delito en contra de una señorita que a la postre considera interrumpir la vida del ser que ahora crece en su interior debido a la tragedia que ha vivido. Pero la iglesia en vez de tomar cartas en el asunto prefiere condenar a esta víctima, revictimizándola al adjudicarle el adjetivo de asesina. Al violador hay que atarle las manos desde la prevención, dejando de satanizar las ciencias de las enfermedades mentales y generando escenarios psicológicos e incluso psiquiátricos que puedan ayudar a estos futuros delincuentes para que no lo hagan.

Al aborto hay que combatirlo levantando la voz de protesta en contra de políticas públicas que promuevan el uso de químicos que a la postre resultarán nocivos a la salud de los fetos en gestación, hay que prevenir el uso de pesticidas que enferman las comunidades para que unos consumidores de drogas alucinógenas no tengan acceso a sus productos en detrimento de la salud pública de los campesinos en nuestras tierras. Hay que construir programas de formación para evitar el incesto, regular alimentos y productos que propician cáncer como el asbesto. Debemos defender la vida, no solo la humana, y por eso levantar nuestra voz en contra de prácticas que contaminan el agua como el fracking o la explotación incontrolada de recursos naturales que generan cambio climático.

Al respecto, hace unos días escuché a un famoso pastor proferir palabras condenatorias en contra de quienes no apoyamos a su candidato político de preferencia a la Presidencia de la República, diciendo que la sangre de los abortados, por nuestra decisión, correría por nuestras manos. Lo que ignora este pastor, por ingenuidad o por maldad, es que sus manos, como la de muchos ministros religiosos ya están untadas con la sangre de cientos o miles de abortos, porque son justamente ellos quienes desde la presión psicológica y social ejercida en sus comunidades, empujan a una señorita que ha quedado en embarazo a deshacerse de su hijo antes que tener que pasar por los procesos de condena moral a la que se verían sometidas por sus acciones.

Porque en eso sí la iglesia es implacable, en condenar los supuestos pecados sexuales de los más vulnerables de sus comunidades, pero se hace la de la vista gorda con los de los líderes, pastores y apóstoles, quienes en muchos casos no solamente tienen deshonrosos comportamientos sexuales ocultos, sino que además la corrupción y avaricia carcome sus propios corazones y hogares en complicidad con sus familias y aliados del liderazgo. Es más condenable que la presión social dentro de la institución religiosa sea tal, que las señoritas prefieran considerar el aborto, antes que ser expuestas. Eso habla mucho de la calidad del amor en medio de tales expresiones de fe.

Por eso mi voz, sin ser teólogo liberal, porque tal teología hace mucho no existe, es en contra del aborto, incluso antes de la concepción, invitando a la iglesia a revisar sus actitudes condenatorias dentro y fuera de ella. Es fácil señalar de asesina a una señorita que en medio de la desesperación toma esta difícil decisión, pero es difícil trabajar en la prevención desde paternalismos y maternalismos construidos desde el amor. Eso es difícil.

¡Seamos pro-vida! Pero no solo referente al aborto, también haciendo ruido y denunciando los crímenes que se están cometiendo por la ultraderecha colombiana. Esos mismos que están asesinando a líderes que piensan diferente, porque la vida humana es sagrada y hay que defenderla desde todos los escenarios posibles, sobre todo, los de fe.

Hace años se asesinaban líderes de izquierda porque dizque apoyaban el brazo armado de las guerrillas, porque las Farc disparaba primero, entonces los paramilitares reaccionaban causando masacres. Hoy esos líderes no han disparado una sola bala, no hay un actor armado al que “combatir” con plomo. Hoy los asesinan porque sí, por sus ideas. Están exterminando a nuestro pueblo, a quienes no le hacen daño a nadie. Sólo por ideas. ¿Qué profetas se levantarán a condenar este tipo de acciones? Los de la Biblia lo hicieron a riesgo de sus propias vidas, ellos fueron también asesinados por sus denuncias. Desde los del antiguo testamento, hasta Jesucristo. Fueron silenciados.

Hoy no, hoy el pseudo profeta viaja en aviones privados y juega a las adivinanzas, al mejor estilo de los hechiceros pronostica lo que le va a pasar o no a quien le profetiza, todo desde el misticismo y con el Espíritu Santo como excusa de sus palabras. Dice que la copa mundial va a ser de Argentina, asegura que el próximo terremoto le toca a tal o cual ciudad, declara que el castrochavismo tomará esta o aquella tierra como venganza por la maldad. Una supuesta que sólo le beneficia a ellos, pero de lo fundamental, nada. Se condena la maldad del pueblo, mientras se hace alianza con la de los políticos de turno.

Así que hay que vencer el miedo y seguir declarando que la vida es sagrada. Pero toda la vida, no sólo la del más allá; sino la del más acá. Hay que huir de teologías escapistas que por dar una supra valoración a la trascendencia, le restan importancia a la inmanencia. Esas que esperan la promesa del más allá del sol, en detrimento de los problemas reales que padecemos aquí y ahora.

El mensaje de Jesús con respecto a la salvación inicia en esta vida, el ignorarlo siembra un manto de desinterés sobre lo que está ocurriendo a nuestro alrededor, un discurso que bastante bien le cae a quienes están interesados en desviar la atención y que no sean cuestionados por sus crímenes, por aquellas acciones que en detrimento de los más necesitados, engordan su bolsillo y les da más poder.

Por: David Gaitán
Twitter / @dabycito
Facebook / @DavidGaitanR

 

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