Del profesionalismo y la utilidad del ‘periodismo cristiano’

Cada vez que pienso en el profesionalismo, la pertinencia y la utilidad del periodismo cristiano, si es que dicha categorización fuese posible de algún modo, recuerdo que el oficio del comunicador en el mundo evangélico se ha confinado a la sección “noticias del espectáculo y entretenimiento” de los noticieros rancios de televisión nacional.

Me explico. En Colombia, los telenoticieros han destinado un pequeño espacio al final de cada emisión, con el propósito de presentar allí las noticias relacionadas a los acontecimientos y chismes del mundo del espectáculo y la farándula nacional e internacional. Nuevos amoríos o divorcios de las estrellas, lanzamientos discográficos, estrenos de películas, romances detrás de cámaras, los adelantos de la última telenovela y  las posibilidades de las candidatas en los reinados de belleza, ocupan estos minutos día a día.

Es inevitable notar que estos temas son los que llenan las páginas de los grandes medios de comunicación especializados en noticias cristianas, sobre todo en Latinoamérica. Entre otros, se combinan con alguna que otra teoría conspiracionista y avances en la construcción del templo en Israel. Aquellos pocos espacios que amplían su temario a otros asuntos de interés, no tienen la difusión que debieran.

Recuerdo que estando presente en algunas ruedas de prensa convocadas por artistas que lanzaban sus producciones discográficas al mercado, sólo escuchaba halagos de los periodistas hacia dichos artistas, de los cuales, ellos eran sus fans número uno. Todo era color de rosa, todo felicitaciones, no hubo una sola pregunta de fondo sobre mensajes sociales, críticos, de voz de protesta o cualquiera pertinente a producciones religiosas. Nada. Al final, autógrafos, abrazos, buena vibra y superficialidad.

Y no estoy con esto desacreditando a los artistas o criticando que se produzcan discos de música religiosa o se hagan conciertos y presentaciones, pues finalmente muchos consumidores de estos productos encuentran en ellos una conexión espiritual especial que les sirve como herramienta de expresión y vida de fe. Tampoco estoy en contra que los medios de comunicación sirvan naturalmente como canales de difusión de dichos productos, pues en última instancia, también para eso son. El problema es que se quede en eso y no se lleven, tanto la comunicación, como el periodismo, a sus más nobles y sublimes objetos de existencia.

Casi a diario, y por mi ejercicio pastoral, me encuentro con historias. La mayoría de ellas que se han desarrollado en contextos religiosos, sobre todo, evangélicos. Tristes historias. Hechos que han ocurrido en medio del ejercicio eclesiástico, que describen abuso espiritual, engaño, manipulación, abuso psicológico y sexual. Perpetrado por líderes y pastores, quienes desde su posición de poder, han maltratado a los protagonistas de estas humanas, trágicas y reales historias.

Estas deberían ser contadas, necesitan serlo para denunciar, generar conciencia y así evitar que hechos como estos se sigan presentando. Historias que mueren porque el periodismo cristiano está entretenido en otros asuntos, o porque ha sido silenciado por el temor, el miedo que produce la frase no toquéis al ungido o el rechazo de quienes ven en el periodismo crítico una amenaza que no aporta nada, sino que avergüenza a la iglesia ante el mundo.

Les indigna ver la denuncia que un medio valiente y documentado se atreva a presentar en contra de los opresores vestidos de obispos, pero no se indignan con el objeto de dicha denuncia. No se indignan con los hechos que son expuestos en cada pieza periodística. Sólo comienza la indignación cuando un ser cercano o querido es víctima de la opresión religiosa, con todos sus tentáculos.

Mucho ocurre detrás del telón. Debajo de la alfombra se esconde la basura evidente de unos cuantos, pocos, quienes no entendieron el mensaje salvador del Evangelio e hicieron de él la mejor oportunidad de negocio al estilo cueva de ladrones. Sin embargo, lastimosamente muchas de esas historias están condenadas al anonimato, a morir entre las sombras que las engendraron, pues sólo se tiene el testimonio de la víctima como única evidencia. No se puede denunciar sin pruebas.

Al otro lado del espectro se encuentran aquellos que se embelesan con la crítica porque sí, la que se da sin ningún sentido y que tiene como único propósito hacer daño. Una crítica malsana y nada profesional, que se sustenta en la nada, que busca simplemente defender un punto, un dogma o una creencia débil, pero que convierte a quien la produce en un victimario más indeseable, incluso, que quien es objeto de ella.

Hace unas semanas atrás me contactó un comunicador, quien estaba trabajando en un mal llamado documental. Lo hizo de manera pública, lo cual le dio un tinte de confiabilidad a sus preguntas. En ellas, cuestionaba sobre mi posición y la posición de la iglesia en la que sirvo sobre el tema homosexual. Al darle una respuesta que no le convenía a su trabajo, decidió hacer uso de algunas líneas que encontró en mi blog periodístico. Pero lo que hizo fue una vergüenza, pues me adjudicó palabras que yo nunca he pronunciado, sino que hacen parte de las respuestas que me proporcionó en su momento un entrevistado con quien toqué el tema.

Este periodista no buscaba la verdad, claramente no esperaba comunicar un hecho, sino poder demostrar su punto a como diera lugar. Sin embargo, pude notar su falta de profesionalismo cuando me increpó, también públicamente, porque yo no tomé una posición frente a dicha entrevista. Y es que el periodismo mediocre hace eso, toma posiciones en medio de géneros que no lo permiten, vendiendo así la imparcialidad y sesgando la información, inclinándola hacia el lado conveniente por su creencia.

¿Será entonces que por eso no es posible un periodismo cristiano? Pues el dogma es más fuerte y poderoso que el noble ejercicio de comunicar de manera centrada e imparcial. O tal vez los periodistas deberíamos quitarnos el ropaje “cristiano” o los apasionamientos de esta condición para poder realizar nuestro ejercicio y que este cumpla con un objeto social.

Por supuesto que en diferentes medios he tomado una posición con respecto a ciertas situaciones. Esta columna es un claro ejemplo de ello, lo mismo cuando escribo opiniones o editoriales; Sin embargo, al momento de presentar una denuncia, noticia, artículo o entrevista, me debería limitar en este sentido, pues es lo que el oficio mismo espera de un periodista.

Que lástima que el mundillo evangélico no pueda tolerar la crítica, así como es motivo de lamento que quienes se dedican a criticar lo hagan de manera tan mezquina y desproporcionada. Deberían levantarse más voces que denuncien los hechos que van en detrimento de la fe como una vía de protesta que busque la no repetición y el tamizaje que separe lo oscuro de lo verdadero, que muestre aquellos casos en los que genuinos hombres piadosos de Dios le sirven a la comunidad a través de su trabajo, sus libros, su música, su devoción, sus obras sociales.

Este ejercicio de autocrítica sana debería llevarnos como iglesia incluso a aprender a responder ante los señalamientos con humildad al momento de aceptar errores y determinación al momento de aclarar los hechos que puedan ser producto de falsas acusaciones. La iglesia debería madurar al punto de poder hacer afrenta a los problemas y dar el diálogo, hablar, explicar, entender y erradicar de entre sus filas comportamientos que dañen y destruyan a los individuos que la componen, pues es fácil señalar, por ejemplo, la pederastia presente en medio de otras religiones o iglesias como la católica de Roma, pero hacerse los sordos y desentendidos con la propia.

Es más valiente y maduro descubrir dentro del seno de la misma iglesia la desnudez para así sanarla y cubrirla, en vez de esperar que otros lo hagan, pues la incompetencia e ineptitud propia nos llevará a la muerte y la inmoralidad desproporcionada, repitiendo aquellos patrones que tanto nos incomodan y pisoteando el nombre de Jesús; unas veces por mucho y otras por poco.

No debemos olvidar que la historia humana comienza cuando inicia la comunicación escrita, y a medida que el lenguaje se desarrolla, así mismo crece la civilización. Por eso la iglesia no debería quedarse rezagada, y quienes tienen las letras, deberían ponerlas al servicio de la sociedad, no al servicio del poder, dentro o fuera de ella. Así que ahí están las crónicas, los reportajes, los géneros y los medios para ser usados, e incluso, a través de ellos, ser portadores del mensaje del Evangelio, del cual también hace parte decir, el reino de Dios no es de injusticia y mal, sino bien.

Por: David A Gaitan
Twitter / @dabycito

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