Crónica del prematuro amor eterno

david-gaitanEl denso silencio fue interrumpido abruptamente por el enérgico llamado que al pasar de las horas fue vencido en la batalla, una en la que era imposible obtener la victoria.

– Mamá, mamá – se oía en los pasillos alumbrados por una luz intermitente, de esas que es característica en los hospitales que han descuidado sus bombillos de neón blancos; – mamá dónde estás, ¿por qué no vienes? – insistía la aguda y grave vocecita. Paradójico, como los enigmas de la vida, o de la muerte; como los del bien y del mal, como la de una voz aguda pero grave, pues dicha gravedad no estaba en el sonido que se producía en la enferma garganta, sino por el avanzado grado de tal enfermedad.

El médico el día anterior, obedeciendo a las claras reglas del Sisbén (Sistema de salud gratuito del Estado Colombiano) había ordenado a los familiares abandonar la habitación donde se encontraba la pequeña luchando por curarse, con la ayuda de un suero fisiológico que llegaba directo a sus venas y un analgésico común.

-No pueden pasar la noche en el hospital, no hay espacio para ustedes. En este momento tenemos muchas urgencias y la prioridad son los pacientes, no los acompañantes- declaraba el profesional, quien al parecer había perdido la empatía (como lo demostraban sus expresiones faciales), o tal vez la había dejado en casa, al final del día no valía la pena desgastarla con esta clase de personas.

-Mamá – Se escuchaba aquella noche en medio del reino de la indolencia, en donde los quejidos ajenos están condenados a ser ignorados, pues con los propios basta. En esos momentos en los que ser pobre se convierte en el peor de los verdugos, uno que obliga a estirar la mano y a esperar de los demás las migajas, las putrefactas sobras, lo que sus cicatrizadas voluntades quieran dar.

El día inmediatamente anterior había sido un corre corre. Llegar hasta la clínica contando los minutos para que no fuera demasiado tarde, era toda la misión que mamá, abuela y enferma tenían. Un par de chistes amenizaban el trayecto de las tres y unas escuetas sonrisas eran la respuesta a los mismos. Es que la fiebre incesante ocupaba el pensamiento de las dos mujeres mayores.

-Es un tema genético señora, no se preocupe. Ya estamos combatiendo los síntomas con el analgésico -. Era todo lo que el cuerpo médico les decía. Cuando no hay plata, no hay derecho a preguntar nada; cuando no hay conocimiento, cualquier diagnóstico sirve para responder al interrogante.

Una vez en casa, mamá y abuela no dejaban de pensar en aquella pequeña, dueña de sus corazones que había quedado al cuidado del sistema de salud de un país que tiene problemas más importantes que atender. Tan pronto como amaneció, alistaron algunas provisiones para su nueva jornada. Seguro que Valentina mejoraba y ellas querían estar allí para traerla de regreso al hogar.

Un termo con café aguado, algunos panes dentro de la bolsa blanca y el portacomidas del almuerzo eran su más grande tesoro, aquel que les daría la fuerza y energía para afrontar lo que hubiera que hacer. Llegaron al hospital y esperaron, las horas eran eternas. No pudieron ver a la niña, pues su estado de salud y las reglas del sistema no se lo permitían.

Sin embargo, la noche anterior, al pasar de las horas no se escuchó más el quejido, aquel que nunca tuvo respuesta y que sería la despedida de un ser al que el mundo no merecía. Se supone que a los ocho años de edad, la vida apenas se asoma para delimitar un camino largo; no así para Valentina. Un silencioso mal se había encubado en su pequeño cuerpo hace algunos días atrás y sus ojos ahora se habían opacado, poco a poco. Su sonrisa se había ido de vacaciones, para no volver a su rostro, nunca, jamás.

Afuera, su madre y abuela no sabían nada. Sólo esperaban. Pasado el medio día, cuando ya no había más café ni pan, pero antes de abrir el recipiente que contendría su almuerzo; la noticia llegó.

-Esta madrugada Valentina presentó muerte cerebral. Tras unos análisis y junta médica, decidimos desconectarla de los aparatos que la tenían con vida vegetal. Pueden pasar a la morgue a adelantar el proceso para que hagan el retiro del cuerpo-, fueron las frías palabras que chocaron contra el alma. Sin más explicaciones, sin detalles, sin un lo siento, sin la posibilidad de haber decidido nada. No se puede decidir cuando no se hace parte de una clase social, aunque sea, un poquito más alta.

Cuando se es pobre y consecuencia de eso se asume como ignorante, no hay nada que hacer, sólo esperar que el sistema tome las riendas, decida, haga lo que mejor le parezca, o lo que vaya en la misma vía de sus intereses económicos, del negocio.

No hubo llanto que trajera consuelo, ni palabras, ni abrazos, ni frases, ni siquiera oraciones. El vacío del corazón sólo se embolata con la imagen del recuerdo, las memorias de Valentina. De los días de correr en el parque, de las mañanas en que no quiso tomar todo el chocolate o de los almuerzos en que no acabó la sopa. La sonrisa de los juegos nocturnos antes de dormir, el llanto de su primer día de jardín y la última entrega de notas en el colegio.

Meses después de la tragedia, cuando mamá y abuela adelantaban algún trámite en el desafortunado hospital, se acercó una señora, tan humilde como ellas; quien sostenía una escoba y un balde en sus manos. -Yo las recuerdo a ustedes, estaba de turno la noche en que la niña estaba aquí interna. Ella gritaba mamá, mamá; pero nadie nunca le respondió. Estaba aseando, pero cuando pasé de vuelta, no la escuché más. Lo siento-.
En medio de tanta porquería, ¿Quién podrá ayudarnos?

En memoria de Sari Johanna Sepúlveda Gomez
¡Que tu sonrisa dibuje de alegría el cielo eternamente!

Por: David Gaitan
Twitter / @dabycito

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