Un año después del cáncer…

German Chote Garavito 1Crónica. La sequedad de la mañana aumentaba la sed, pero esta vez no era la típica, la que pica en la garganta y por segundos agota el cuerpo. No. Esta era del alma; ¡Peor!, pues al cuerpo se embolata con algún preparado líquido industrial gaseoso de nuestros días, o mejor, con el líquido vital, gratuito, el agua; pero la sed del alma, ¿con qué se apacigua?.

Ambas desgastan, quitan la fuerza, desesperan. Sólo quien camina las mañanas secas hacia el verdugo inquisidor, entiende que el viaje a la sentencia es tortuoso, implacable, indeseable, pero por sobre todo, inesperado. Y ese factor sorpresa es el que rompe la rutina, claro, pero de maneras más ruines que el peor de los especialistas en hacer afrenta. Esa mañana de viernes no debía suponer una sorpresa, pero es que la vida puede ser irónica y cruel, y muchas veces tendemos a hacernos los locos con las señales de la avalancha que se avecina.

La ciudad no se veía como aquellos años maravillosos en los que la cotidianidad perfuma el ambiente y adormece; dos semanas de dolor físico, vómito y soltura; presagiaban que algo se había salido de su cauce y que los micrófonos compañeros de aventuras serían reemplazados por agujas, líquidos, sondas y soledad.

Y es entonces cuando la vida se reduce a ese viaje hacia lo incierto, cuando el sonido del motor del automóvil es la única banda sonora que está presente en el ambiente, pero que se ignora deliberadamente porque hay cosas más importantes en las que pensar, así sea en la nada, pues ese día era lo que había, nada.

Y llegó entonces la noticia temida,

-Usted, señor Germán tiene cáncer, al parecer en el páncreas, pero, ya hizo metástasis; así que su probabilidad de vida es muy corta. Lo siento mucho

Unas palabras que entran a las patadas y con un ruido ensordecedor, pero que para el ‘Chote’ Garavito, más que convertir su cabeza en una montaña rusa de recuerdos e imágenes de una vida que ahora se le diluía, fueron anestesiantes, y entonces, hubo nada.

Nada es nada. No hubo recuerdos como cinta de cine en la época de los Lumiere, no hubo fotografías imaginarias de momentos felices,  no hubo remordimiento, no hubo canciones que retumbaran en la cabeza, no hubo odio ni amor, hubo nada. Un nada que fue eclipsado por el dolor intenso en las entrañas, esa acidez que ya se había acomodado en la habitación del reconocido comunicador y que pasaba los días y las noches acompañándolo en la cotidianidad que desde hace un tiempo atrás estaba manchando la normalidad.

Paradójico, ahora este humorista estaba durmiendo con el enemigo, o mejor, el enemigo estaba durmiendo en el humorista. Pero este adversario se agazapó detrás de una máscara, la cual resultaría insignificante para quien la viera.

-Es una gastritis señor Garavito, ahora tiene usted la suerte de ser recetado con algo más que acetaminofén, ahora puede tomar Omeprazol. Y tranquilo, ese se lo cubre la EPS.– Son las palabras que cree recordar de hacía meses atrás, cuando el monstruo se estaba camuflando, cuando no quería develar su verdadera identidad.

Ese fue un viernes gris, oscuro, tenebroso; uno en el que el sol brillaba, y aunque suene oxímoron,  no lo es. Sólo se trata de los laberintos paradójicos de la existencia. De todos modos, no sería el más gris, ni el más oscuro, ni el más soleado.

Al día siguiente era imprescindible despedirse, pues en su viernes negro no lo habían hospitalizado; debía hacerse lo propio el sábado en la mañana. Ya sabemos cómo son las despedidas, pero estas tenían un tinte particular, lo incierto de lo que pudiera pasar en ese hospital, el sin sabor de la posibilidad del no regreso, o del regreso marcado por las cicatrices que este tipo de enemigos suelen dejar.

Los momentos vividos en un hospital han sido documentados por cientos de personas en miles de obras, sean literarias o artísticas.German Chote Garavito 2 Hay para todos los gustos, excepto para el de quien las narra. Incluso esta excepción tendrá sus propias excepciones, pero no era el caso del Chote.

Los días pasaron y el panorama se oscurecía cada vez más. Aparte de los golpes recibidos por el dolor que le propinada su propio cuerpo, Germán estaba siendo objeto de las puñaladas en gestos de sus propios cuidadores, aquellos que supuestamente debían ser alivio.

-¿Usted sí es consciente de lo que tiene? – Preguntaban algunos médicos y practicantes, acompañando sus palabras con gestos despectivos.

-¡Claro que sé lo que tengo!; Yo lo que tengo son unas ganas de levantarme de esta cama, ni las berracas…- Respondía para sí mismo en la ya fetidez de su mente.

Y es que a pesar de las condiciones en las que se encontraba y lo difícil de la situación, la muerte nunca estuvo presente en los pensamientos del exitoso periodista. No quería morirse, por eso luchaba, leía, cantaba, lloraba. Al parecer, esa parca no se asomó a la camilla de hospital mientras estuvo en él, ni a la cama en su casa. A pesar de ello, el hedor de sus huellas sí se alcanzaba a percibir.

Pero el peor de los viernes llegó. Ese 24 de Julio se estaba escribiendo en la historia de Garavito como el más grande verdugo que su humanidad ha soportado hasta hoy. Sin embargo, el impacto del día debía remontarse a algunas horas pasadas.

Hubo un temor en la mente del Chote que crecía cada vez que uno de los médicos le preguntaba si había vomitado sangre. Asumió que esta sería la señal de la fatalidad. Vomitar sangre se convertiría entonces en el principio del fin.

Y ese viernes ocurrió. No sólo la estaba expulsando líquida por su boca, sino que a medida que pasaban los minutos, esta era más espesa, hasta que se convirtió en coágulos. Su cuerpo expulsando estos elementos, estaba torturando su mente; la cual divagaba. El temor se había materializado, entonces el camino estaba cerrado y al parecer, todo estaba dicho.

Pero hay un refrán que declara que después de la noche, llega la mañana y lejos de imaginarse que era el comienzo del fin, al parecer, para él, llegó el inicio del nuevo día.

Hay quienes creen que los ángeles no existen, otros se obsesionan tanto con su existencia, que hasta estudian doctorados en ‘angeliología’. Lo cierto para este moribundo obstinado, es que su ángel tenía forma de hombre y vestía bata blanca. Un médico de esos inconformes, rebeldes como su paciente; uno que no ve el vaso medio vacío, sino que lo llena con agua bendita. Uno que se atrevió a desconfiar de los gestos llenos de desdén de sus colegas y se atrevió a romper el cauce de las cosas.

-Hay una diminuta posibilidad que a pesar de lo que hemos visto anteriormente, el suyo no sea cáncer de estómago, ni de páncreas. No le aseguro nada, pero debemos esperar.- Paciencia, una cualidad que al parecer no estaba dentro de su propio morral, pero que al momento de ingresar al hospital fue advertido que si no la tenía, nada saldría bien.

German Chote Garavito 5Y ahí estaba el papá Chote, que ahora era hijo y también papá, por supuesto, pero que no era papasote. Se estaba asiendo de las palabras de su nuevo ángel, las agarraba y no las soltaba. Las disfrutaba, las recordaba, se acariciaba con ellas; reconfortaban su alma, lo llenaban de esperanza.

Llegó a este momento después de mirar al cielo y decirle a Dios, – hablemos-.

Este había parecido más un monólogo que un diálogo, pero en medio del silencio, escuchó la voz. No la de Dios, o tal vez sí; quizás estaba en medio del ruido de las voces de los autores de los libros que leía. Y leer lo avergonzaba.

Pero no era una vergüenza por el acto de la lectura en sí mismo, sino porque no estaba a la altura de Piper, MacArthur, Washer o Alducin. No. Estos eran días de Lucado, Arjona y Linero. Ya sabía que la palestra pública lo iba a apedrear por no acudir al llamado de la ‘Sana Doctrina’; pero no quería, ni necesitaba, ni deseaba su compañía. Él quería llorar, sentirse identificado. Y lo hizo.

Y en medio de su llanto supo que debía perdonar. A la vida, a su pasado, a sí mismo, a muchos amigos, a uno que otro adversario; debía perdonar a quien sí y a quien no. Debía perdonar a las circunstancias que lo trajeron hasta aquí, pero, especialmente, debía perdonar al mundillo evangélico.

Ese que tantas satisfacciones y reconocimiento le había dado, ese al que había entregado sus años mozos, haciendo radio, de la buena; en el que se había rodeado de grandes colegas y buenos amigos. Aquel que le dio para conocer gente espectacular de la farándula cristiana en la América Latina y el mundo. Pero que escasamente le permitía vivir modestamente.

Sí. Es que el mundo del periodista cristiano no alcanza a ganarse el adjetivo, si es que la palabra pudiera servir para eso. Incluso, mundillo le queda grande; tal vez le calza mejor el submundo. Ese que quiere todo sembrado, regalado, o barato; que a la final es lo mismo.

El Chote sabía que en la escena cristiana generalmente se paga mal, y pocas veces, puntual. En algunas de las excepciones, es decir, donde se paga bien y a tiempo; el jefe cree que tiene derecho a mezclar lo espiritual con lo laboral, y entonces se mete en la vida privada de los empleados. Todo desde la subjetividad del ‘yo sentí’, ‘yo vi’, ‘Dios me dijo’.

A pesar que él también ha sido consciente que en Colombia el periodismo no es el oficio mejor pago, se percataba que este, en el medio cristiano, era la vulgar extremización de tal situación. Grandes ministerios se limitan a reconocer (cuando lo hacen) el trabajo de los comunicadores con el salario mínimo, o con un poquito más del mínimo, cuando se está de buenas. Esto, mientras los líderes y directores de ciertos medios, iglesias y ministerios; ostentan los mejores autos, vestidos, casas, aviones privados y extravagancias consumistas. Había mucho que perdonar.

Un trabajo dedicado que había sido mal pagado, no por Dios, sino por el hombre, lo llenaba de luchas mentales en su diario vivir. Y entonces llegó el perdón. Y también, la luz brilló otra vez.

-Sí Germán, – Confirmaba el ángel – Usted no tiene cáncer de estómago ni páncreas. Usted tiene linfoma no Hodgkin. ¡Felicitaciones! Usted tiene una enfermedad tratable. –

Desde entonces, las quimioterapias y los tratamientos parecían homologar el refrán que dice que el remedio es peor que la enfermedad. Pero no, los cambios y mejorías estaban comenzando a dar frutos. Unos que le resultaban dulces al paladar.

Pero la vida en medio del cáncer no es sólo enfrentar y luchar contra la enfermedad; también hay que comer, vestirse, alimentar a los hijos, pagar los servicios y los impuestos, los colegios y los diezmos. Todo con el agravante que no hay fuerzas para trabajar, tampoco capacidades y mucho menos ánimo.

German Chote Garavito 3Sin embargo, los ángeles se seguían levantando. Cadenas de oración y palabras de ánimo, como los realizados por el colega William Arana a través de su radio on- line; llamadas de amigos, personalidades y artistas como Alex Campos, Daniel Calveti, entre otros; devolvían el ánimo mientras robaban una que otra lágrima.

Aparentemente el reconocimiento que le dejó el viejo y ya perdonado amigo mundillo evangélico, le estaba dando un poco de lo que algunos malos elementos le habían quitado. Hay quienes dicen que no, que no fue ese ingrato; sino que quien estuvo detrás de todo, fue el mismo Dios.

Entonces el periodista movilizó una gran campaña bajo la etiqueta #FuerzaChote. Algunos amigos y artistas se unieron. El escenario, la Iglesia Filadelfia Puente Largo, y en una noche llena de amor, estrellas y esperanza, pasó lo inesperado. Miles de personas se reunieron para cantar a Dios y presentar una ofrenda económica para ayudar a quien había bendecido sus vidas de una manera u otra en el pasado.

Un hermoso gesto que quedó en el corazón de este ‘calvo’; no por el cáncer, sino porque siempre ha tenido una cabeza brillante (o una mente brillante, tal vez). Un dinero que financió una montaña de deudas adquiridas durante el tiempo de enfermedad e incapacidad laboral, que trajo pan a la mesa del Chote y que llenó los estómagos de sus hijos por un tiempo. Pero, como saben los economistas, cuando hay salidas de dinero y no ingresos, este se acaba.

German Chote Garavito 4Sin embargo el inquieto Germán Garavito no renuncia, sigue molestando con sus comentarios ácidos y sus historias en las redes sociales, se burla de su enfermedad; aquella que todavía no se lo lleva, se burla de sí mismo. Hoy, un año después de aquella negra mañana de viernes, en la que el sol brillaba, da conferencias en diversos escenarios. Con una palabra esperanzadora en su boca grita que Dios le hizo un milagro, que a él nunca se le prendió la luz del final del túnel, tal vez porque no había pagado el recibo del servicio de energía.

Predica, habla, escribe, hace dibujos que le quedan feos (pues él mismo reconoce que una de sus grandes frustraciones, es no haberse convertido en diseñador gráfico) y canta en la ducha. Vive del día a día y espera que a través de esto, pueda seguir trayendo sustento a su familia.

Por cierto, hace unos días se le apareció otra vez el viejo amigo mundillo evangélico. Muy preocupado él por el bienestar del Chote, le ofreció hacer radio, de las cosas que más ama el protagonista de esta historia. Es una gran oportunidad, pues puede trabajar de lunes a viernes de 9:00am a 1:00pm; los sábados de 12:00m a 5:00pm y los domingos y festivos alternados (uno sí, uno no) de 8.00am a 12:00m por una suma de cuatrocientos mil pesos (Más o menos ciento veinte dólares americanos) al mes. ¡Que considerado este amigo perdonado!

Por: David A. Gaitan
Twitter / @dabycito

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