Teoficción: Y el sueño se desmoronó

sad-boyEsa noche fue la más feliz de mi vida. Nunca había experimentado tanta alegría, me sentí seguro y mis padres también.

Desde que ese forastero llegó al pueblo, todos tenían algo que ver con él. Recuerdo que nos encantaba reír con sus cuentos, eran graciosas las cosas que decía; pero en el fondo, dejaba grandes reflexiones que hacían que todos evaluaran su caminar, incluso yo.  Todavía recuerdo que a más de una persona se le escapaban lágrimas escuchándolo, recibiendo el cariño y respeto en cada discurso.

Aunque era una persona muy reconocida, siempre había posibilidad de acercarse. No estaba solo, habían muchas personas que lo acompañaban; pero ese día, ¡Ese era mi momento!.

Lo supe cuando me miró y me llamó, dijo algo así como “dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan; pues de ellos, es el reino de los cielos”. Yo soñaba con ese reino, quería caminar sobre las nubes, siempre había pensado que la felicidad en verdad existía. Me imaginé su reino, tal y como eran sus palabras; alegres, cariñosas, con humor. Pareciera que este momento nunca terminaría; era maravilloso.

Recuerdo a mi padre, siempre fue muy cuidadoso en lo que hacía. Era una persona tan entregada al estudio en el templo, tan consagrado en la sinagoga, que muchos lo admiraban y querían ser como él. Antes que el forastero apareciera con sus enseñanzas, mi padre era religioso y meticuloso. Cualquier cosa podía fallar, pero su fidelidad y solemnidad ante las cosas de Dios eran de admirar.

Muy de mañana escuchábamos a ese hombre que yo reconocía como “el señor que leía”, dando sus interminables relatos y luego, las oraciones junto a los cantos. Mi padre era un hombre muy amable con los demás asistentes al viejo edificio de reunión.

Al caer la tarde del séptimo día, yo comenzaba a sentir esa ya familiar presión en el pecho. Estaba acostumbrado, a pesar de tener solo cinco años, sabía exactamente lo que iba a ocurrir; era costumbre que sucediera de esa manera. Solo tiempo después aprendí que lo que yo consideraba como normal, era una realidad distorsionada; pues siendo común, no era como se suponía yo debería vivir.

El religioso hombre se transformaba en casa. Mi padre solía maldecir y golpear a mamá tan pronto como el sol se ocultaba. Yo no corría con mejor suerte, sus manos me sujetaban tan fuerte que las marcas de sus dedos quedaban `pintadas´ en mis brazos. Con el tiempo me familiaricé con ese color en mi piel y con el dolor que me producía realizar las tareas del día a día.

Nunca entendí el por qué de su trato, pero no había manera de preguntar; mi madre sollozaba cada vez que debíamos asumir largas jornadas de trabajo que ya eran rutinarias. No sé por qué, pero creo que ella sufría más con mi condición, que con la de ella misma, pues cuando mi padre la golpeaba, ella no lloraba; pero sí lo hacía cuando era yo el objeto de su violencia. A pesar que no había manera de igualarnos a él, o reclamarle de alguna manera; nos sentíamos agradecidos de estar en nuestra familia y de tener a un Dios vivo que nos cuidaba.

Sinceramente, los momentos más difíciles para mí eran cuando en las oscuras noches, el hermano de mi padre me visitaba en mi cama. Se suponía que jugábamos a demostrarnos amor acariciando nuestros órganos sexuales. Lo que hasta mucho tiempo después no entendía, es que él me decía que no debía contar nada de lo sucedido a nadie; que sería nuestro secreto.

En varios momentos estuve a punto de romper el pequeño pacto;  lo curioso, es que un día, mientras estábamos en el ya usual juego, mi padre entró a la habitación; vio lo que ocurría, guardó silencio y se fue. Ya no me gustaba ese tipo de diversiones, pero mi tío lo pasaba muy bien. El sábado siguiente, estábamos todos en el templo, otra vez, elevando nuestras plegarias; pero esta vez, era el hermano de mi padre quien leería las líneas de los libros.

Sin embargo, la noche que llegamos a casa después de escuchar al forastero que llamaban Jesús, las cosas fueron diferentes. Tanto mi padre como su hermano habían sido muy impactados, la felicidad se extendía ahora por toda la semana.

No sé qué tenía ese Jesús, carpintero de oficio; pero que ahora recorría las calles de distintas poblaciones hablando de amor y de conocer al Padre. Yo ya conocía al mío, pero tenía que re descubrirlo, pues su comportamiento estaba cambiando en casa; ya no gritaba, ya no golpeaba.

Rápidamente llegó la noticia de la muerte de Jesús el carpintero, el maestro que comía como nosotros y lo hacía con nosotros. Es como si mi padre y ese forastero se hubieran puesto de acuerdo; pues una enfermedad atacó a aquel hombre que me dio la vida y quien ahora era `otra persona´.

No pasaron dos meses hasta el día que finalmente y siguiendo los pasos del forastero, mi  padre también nos abandonó. Ahora, el hermano de mi padre se haría cargo de mi madre y yo. Estábamos ambos contentos, pues mi tío seguía en contacto con los seguidores de Jesús el carpintero y por esos días había muchas cosas por hacer.

Día a día se escuchaban noticias en las calles, las personas hablaban de una resurrección. Yo no sabía muy bien qué querían decir con eso, pero siempre hablaron que Jesús era ahora Cristo y que estaba vivo.

En medio de tantos sucesos, el hermano de mi padre continuaba reuniéndose con el grupo de seguidores que predicaban las enseñanzas de aquel amable carpintero. Ahora él también viajaba a diferentes lugares, enseñaba y ayudaba a las personas pobres. Lo vi sirviendo a las mesas, recolectando dineros, presente en reuniones, encontrando lugares de reunión. Todo un trabajador responsable a la nueva causa que se esparcía por todos los lugares.

Mi madre se incorporó también en medio del trabajo que se estaba viviendo por nuestro lugar en aquellos días. Era hermoso verla sonreír de nuevo. A pesar que era muy prematura la partida de mi padre, a ella se le veía un rostro agraciado, sonriente. Las cosas definitivamente habían cambiado.

Pasaron unos meses, cuando en una noche el hermano de mi padre volvió a visitarme en mi cama. En aquel momento yo no pude entender el por qué esto estaba ocurriendo de nuevo y mi mente se llenó de dudas. ¿Qué pensaría mi padre si estuviera conmigo aquí?, ¿todo está volviendo a la normalidad?.

A pesar que no entendía exactamente qué ocurría, no me gustaba la manera como se estaban desarrollando las cosas en casa los últimos días. Aunque la violencia había cesado ahora, esto de los juegos con el hermano de mi padre me dejaban muchos interrogantes; ¿acaso esto es lo que mi tío está aprendiendo en las reuniones de su nueva religión?, ¿Esto es lo que quería decir aquel amable forastero?, ¿Así es como yo debo actuar con mis hijos cuando sea grande?

Las visitas eran más frecuentes, pero poco a poco me empecé a dar cuenta de la respuesta a mis preguntas y supe que algo andaba mal; pues a pesar que mi compañero de este peculiar juego seguía usándome para divertirse y satisfacerse; ahora, sentía remordimiento; pues cada vez que terminada de hacer lo que se había propuesto, comenzaba a llorar y me invitaba a que le “pidiéramos perdón a Dios” en oración.

Yo no entendía mucho de oraciones pidiendo perdón, pues  estos hechos se repetían vez tras vez y entre más se repetían, más veía al hermano de mi padre orando, visitando las reuniones del nuevo grupo de seguidores de Jesús y ayudando a otras personas necesitadas.

No sé si a eso se refería aquél forastero cuando decía que el trigo y la cizaña crecerían juntos, pero que al tiempo de la cosecha se descubriría quién es trigo y quién cizaña. Lo que sé es que preferí no esperar a ese tiempo, pues con el transcurrir de los años mi asco crecía; no creía en nada, en nadie.

Honestamente creo que Jesús no estaría de acuerdo con el “jueguito” ese de mi tío y no sé si eso que me ocurrió le suceda también a más personas en mi época o en las siguientes, pero yo no me esperé a que llegara el tiempo de la cosecha, pues me cuestioné si yo mismo era el problema, motivo de tentación para este hombre. Hoy me cuesta poder relacionarme con los demás.

Alguna vez le escuché a uno de los seguidores del carpintero decirle al hermano de mi padre que él debía ser el reflejo de Cristo. Este reflejo no me gusta, es por eso que hoy a través de esta carta me despido de ustedes; me voy a quitar la vida así como el Iscariote; tal vez, de esta manera me reencuentre con aquel amable forastero, que me trató con respeto y amor, pues el reflejo que tengo de él aquí, hace todo lo contrario. Tal vez pueda ir de esta manera a ese reino que me dijo cuando me habló. Esto es todo lo que el hermano de mi padre me enseñó sobre Jesús.

Nota del Autor: Este escrito, como un grito para no ignorar el abuso sexual a menores dentro de la iglesia cristiana.

Por: David Gaitan

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