Y el ungido se llevó la gloria

iglesia fuego

Era la mañana fría como suele ser en Bogotá, pero toda esa sensación térmica era eclipsada por los bellos cánticos que inundaban el lugar, en donde miles de personas recibían consuelo a través de las letras esperanzadoras y la música suave que provocaba una que otra lágrima en medio de algunos asistentes.

La ´atmósfera´ era ideal; melodía y armonía melancólicas, acompañaban las oraciones y cánticos a Dios en la gran bodega destinada ahora al culto. Un momento memorable.

De repente, la música cesa dando paso a un video no menos conmovedor, en donde se narra la historia de esta prolífera iglesia y cómo el sacrificio de sus pastores, sumado a la perseverancia después del tiempo, trae el fruto que estábamos presenciando: miles de personas que conforman la comunidad.

Un video bastante llamativo, muy sentido y retador, en donde el mensaje central es “no son las estrategias, sino la oración. Doblar rodillas es la clave que Dios dio a nuestro pastor para así alcanzar el éxito. ¡Aleluya!”.

Terminado el espacio audiovisual, la música se incrementa y de algún lado del inmenso lugar hace su ingreso el pastor principal, tomado de la mano de su esposa y seguido por su hijo, de la mano de su esposa. Las luces se centran en ellos; están impecable y elegantemente vestidos, sonríen, saludan a quienes los aplauden.

Humo y luces de colores son la alfombra que adorna el ingreso triunfal de estos predicadores modernos. La gente aplaude, grita, da gracias a Dios por sus pastores, lloran, se conmueven, vuelven a gritar, a saltar. Es una bienvenida sentida, desde el fondo del corazón; estas personas deben mucho a sus líderes, pues son ellos  quienes les han devuelto la esperanza, la razón por la cual se animan a continuar en medio de sus vidas. Estos pastores se han convertido en un referente, un ejemplo a seguir; encarnan a los hombres y mujeres ideales, a los verdaderos hijos de Dios.

En medio de la alegría y ovaciones de los asistentes a esta habitual reunión, los pastores finalmente llegan a la tarima, siguen saludando, sonrientes, acompañados de la música, las luces y el humo que ahora se suma al recibimiento. Son unos héroes, tienen el cariño, admiración y respetos de la grey. El júbilo llega a niveles casi catárticos, cuando de la voz del pastor principal se escucha la palabra: ¡Aleluya!.

Paradójico, pues si se supiera el significado de esa palabra, la antesala previa sobraría y los asistentes se rehusarían a ser partícipes de semejante momento de alabanza a un ser tan humano como cualquier otro, cuyo oficio debería presuponer el servicio más que la arrogancia, la humildad más que la exaltación y el respeto a Dios, quien merece toda la honra.

Recuerdo una invitación que recibí para visitar este lugar en el pasado, se trataba de una feligrés de esta comunidad, quien sin la menor vergüenza me dijo “la gente no se sana porque no ha venido a mi iglesia para que mi pastor ore por ella, es que él es un ungido y allá en mi iglesia si está la bendición. La gente no se sana porque no tienen fe, porque no vienen a donde está el fuego”. Recuerdo que esta humilde mujer tenía un familiar enfermo y aunque él pertenecía a la iglesia “del fuego”, había completado varios años sin recibir su sanidad.

El caso similar de la persona que me acompañaba este día, quien tomando el sobre que tenía dibujados los rostros de los pastores generales, puso allí una suma de dinero, pues estaba “pactando y creyéndole a Dios por su milagro financiero”; mientras lo hacía, le pregunté qué cenaría esa noche, a lo que me respondió: “no sé, no hay nada, pero confío que esta siembra, en esta tierra que es la más fértil, traiga abundancia a mi hogar y el milagro se suceda hoy. Hay que bendecir primero al profeta”.

Dicen que ese día vieron al pastor, su esposa, su hijo y su nuera almorzando en un exclusivo restaurante del norte de la ciudad; mientras yo con mi amiga, fuimos a comer a su casa arroz, papa y agua de panela; un menú que no deja de ser honroso, pero que se niega a desarraigarse de los hogares de cientos de personas que siguen obstinadas en subsidiar a los ungidos que les dan esperanzas de un mañana mejor.

¿Una persona que promueve, o por lo menos, se presta para este tipo de ovaciones, alabanzas y exaltaciones a sí mismo, está predicando el evangelio de Cristo? No lo sé, no lo afirmo, no lo pongo en duda, solo puedo concluir que: Sí hay peor ciego que el que no quiere ver; se trata del que no puede ver.

Por: David Gaitan
www.casadealmendrocolombia.org

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