Matías es quien debería leer este pasaje, no yo

Con cierta frecuencia leemos la biblia con alguna insatisfacción, esperando que alguien más leyera las líneas a las que nos acercamos, pues claramente consideramos que su mensaje debería estar destinado a muchas de las personas que conocemos, menos a nosotros (¿Les ha pasado?).

Desde esta perspectiva, emitimos juicios de valor a conocidos que deberían recibir el ´jalón de orejas´ contenido en algunos versículos de las escrituras, cuando estos condenan comportamientos. Dichos ´regaños´ nos resbalan, pero ¡Qué bien le caerían a Matías!.

Sin embargo, la manera correcta para permitir que Dios nos hable a través de su Palabra, es asumir los textos que leamos como si nosotros fuéramos los destinatarios de los mismos (me refiero por supuesto a aquellos que están orientados a dar una guía de vida y conducta que todo hijo de Dios debe tener). Si alguien más debería adoptar un cambio en su manera de vivir a la luz de la escritura, si esa persona es hijo o hija de Dios, los leerá también (a su tiempo), y el Espíritu Santo de Dios lo llevará a adoptar la misma actitud.

Me inquieta la manera en la que esta práctica ha tomado protagonismo en medio incluso de ministros y pastores, quienes hacen un “festín” de sus predicaciones dominicales, señalando a diestra y siniestra, cuando el texto quiere exhortarles primeramente a ellos.
La preciosa Palabra de Dios es viva y personal, de ahí a que debemos leerla como si nos estuviéramos reflejando en ella como en un espejo. Si bien es cierto, Dios quiere hablar a los demás a través de nuestra predicación, también es muy importante vivir sobre la premisa que el primer destinatario del texto bíblico soy yo y mi modo de andar en mi relación con Dios.

Muy bueno sería que permitiéramos que el Espíritu Santo nos hable primero, ser lo suficientemente sensatos como para entender que <<el primer pecador soy yo y que debo dar frutos de arrepentimiento, antes que intentar llevar a alguien más a hacerlo>>. Debemos asumir las escrituras con humildad y la predicación con más humildad aún. El único perfecto es Cristo, Él es quien merece toda la gloria.

 

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